La Casa de Piedra
de Cortes de la Frontera
12 de octubre de 1834
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Posada de Ronda · Serranía
Llevo ya tres semanas en estas tierras y aún no consigo que mi estómago se reconcilie del todo con el aceite de oliva, ni mi reloj de bolsillo con la noción andaluza del tiempo. Cuando un serrano te dice «ahora voy», bien puedes sentarte a leer medio capítulo de Walter Scott antes de que aparezca. Si te dice «voy enseguida», enciende la pipa y prepárate para una larga espera. Y si pronuncia la temible frase «esto está aquí al lado», querido lector, provéase usted de buenas botas, agua fresca y una mula de confianza, porque le aguarda una jornada de marcha por barrancos que harían temblar a una cabra montés.
Pero me adelanto. Debo narrar cómo llegué a conocer uno de los monumentos más extraordinarios y desconcertantes que he visto en toda mi vida de viajero, y he de confesar que ni las ruinas de Tintern Abbey ni los círculos de piedra de Avebury me produjeron una impresión tan honda como la que experimenté ante la llamada Casa de Piedra de Cortes de la Frontera.
Todo comenzó en una posada de Ronda, donde me hallaba cenando un guiso de cabrito que mi anfitrión describió como «ligerito» —los andaluces tienen una relación con los diminutivos que roza lo patológico— cuando un arriero llamado Curro el Calderero se sentó a mi mesa sin invitación alguna, se sirvió vino de mi jarra sin ceremonia ninguna, y procedió a contarme, entre bocado y bocado de mi pan, que en las tierras de Cortes existía una iglesia labrada entera en la roca, «de los tiempos de los moros o de antes, vaya usté a saber».
—¿Una iglesia en la roca? —pregunté, con el escepticismo que todo buen inglés lleva cosido al chaleco.
—Como se lo cuento, señorito. Excavada en la piedra como si Dios mismo hubiera metido el dedo en la arenisca.
Decidí que debía verla con mis propios ojos.
14 de octubre
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De Ronda a Cortes de la Frontera
Partimos de Ronda al amanecer, o más bien a lo que Curro consideraba el amanecer, que resultó ser pasadas las nueve de la mañana. Mi guía se presentó con una mula cargada de odres de vino —«por si acaso, que el camino es largo y la garganta corta»— y una sonrisa que dejaba ver que le faltaban exactamente los mismos dientes que le sobraban años de sabiduría serrana.
El camino desciende hacia el valle del Guadiaro, y debo confesar que la belleza del paisaje me dejó momentáneamente sin palabras, estado que Curro aprovechó para fumarse dos cigarrillos y comerse un pedazo de tocino del tamaño de mi puño. La Serranía de Ronda, querido lector, es lo que un paisajista inglés pintaría si le dieran libertad absoluta y una cantidad ilimitada de verde: alcornoques centenarios que se retuercen como ancianos contando historias, quejigos que forman catedrales de sombra, y al fondo, siempre al fondo, las siluetas azuladas de las sierras de Grazalema y Los Alcornocales, como dos gigantes dormidos que custodiasen esta tierra de prodigios.
Cortes de la Frontera apareció al fin como aparecen todos los pueblos andaluces: de repente, como si la montaña lo hubiese estado escondiendo y de pronto se cansara de la broma. Casas blanquísimas apiñadas en una ladera, con un campanario que señala al cielo como un dedo admonitorio. «Frontera» le llaman porque durante siglos fue exactamente eso: el último bastión antes de tierra de nadie, la línea donde el mundo cristiano y el islámico se miraban con recelo y, sospecho, también con cierta admiración mutua.
Nos alojamos en casa de un tal Don Sebastián, hombre de notable corpulencia y bigotes tan espesos que parecían capaces de albergar vida silvestre. Cuando le pregunté por la Casa de Piedra, se le iluminó el rostro.
—¡Ah, la Casa de Piedra! Eso hay que verlo, caballero. Eso no se cuenta, se ve. Mañana le llevo yo mismo.
—¿A qué hora partiremos? —pregunté, sacando mi reloj.
Don Sebastián miró el reloj con esa mezcla de curiosidad y compasión con la que los andaluces observan todos los intentos británicos de imponer orden al universo.
—Tempranito —dijo.
Ya había aprendido que «tempranito» significaba «cuando Dios quiera».
15 de octubre — Mañana
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Camino del Calderero · Cortes de la Frontera
Contra todo pronóstico, Don Sebastián apareció a una hora razonable. Salimos del pueblo por la carretera que conecta con la pedanía de la Cañada del Real Tesoro —un nombre que ya de por sí enciende la imaginación— y enseguida tomamos un desvío hacia un sendero antiguo que mi anfitrión llamó el Camino del Calderero.
Me detuve a observarlo con atención de naturalista. No era un camino cualquiera: el empedrado, dispuesto en un patrón que los lugareños llaman «espina de pez», revelaba una antigüedad y un cuidado constructivo notables. Estas piedras habían sido colocadas con la precisión de quien piensa en los siglos venideros, no en la próxima temporada.
—Este camino lo hicieron los romanos —sentenció Don Sebastián.
—¿Está usted seguro? —inquirí.
—Bueno, los romanos o los moros. O los que vinieran antes. Aquí ha pasado todo el mundo, caballero. Lo que pasa es que todos se quedan.
No le faltaba razón. Estas tierras de Cortes albergaron en tiempos de Roma la ciudad de Saepo —mencionada por el mismísimo Plinio— y los vestigios de la ocupación humana se acumulan aquí como las hojas en otoño: tumbas excavadas en la roca, cisternas talladas, y dominando un cerro cercano, los restos de lo que llaman Cortes el Viejo, el asentamiento original del pueblo con vestigios romanos y árabes superpuestos como capas de un pastel de historia.
Llevábamos apenas trescientos metros por el Camino del Calderero cuando Don Sebastián se detuvo, señaló a la derecha con la gravedad de un descubridor, y dijo:
Confieso que la primera visión de la Casa de Piedra me produjo un efecto difícil de describir con las herramientas del idioma inglés, que no siempre sirve para lo sublime. Ante mí se alzaba un enorme bloque de arenisca del Aljibe, separado del terreno circundante, y en su seno, tallada con una precisión que me pareció sobrenatural, una estructura que no era cueva ni edificio, sino algo intermedio, algo que pertenecía a una categoría propia.
LÁMINA I
Imaginad, querido lector, que alguien hubiese tomado un bloque de piedra del tamaño de una casa modesta de campo y hubiese procedido a vaciar su interior con la paciencia de un escultor, creando habitaciones, puertas, ventanas, hornacinas y decoraciones en relieve, todo ello sin añadir un solo ladrillo, una sola viga, un solo clavo. Pura sustracción. El arquitecto —o los arquitectos— no construyeron hacia arriba, sino hacia adentro.
15 de octubre — Mediodía
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Ante la fachada de la Casa de Piedra
La fachada principal me dejó boquiabierto. Dos puertas se abren hacia el este, orientadas a la salida del sol con una intencionalidad que no puede ser casual. La puerta de la izquierda es adintelada, sobria, coronada por una hornacina en forma de arco y una pequeña cruz grabada en la parte superior. La de la derecha presenta un elegante arco semicircular bajo el cual se adivinan inscripciones erosionadas por los siglos.
—¿Qué dicen esas letras? —pregunté a Don Sebastián.
—Nadie lo sabe. Unos dicen que pone «INRI», otros que son cosas de moros. Yo digo que pone lo que Dios quiso que pusiera, y con eso me basta.
La lógica teológica de Don Sebastián era, como siempre, irrebatible.
LÁMINA II
Traspasar el umbral de la Casa de Piedra es entrar en otro tiempo. Lo primero que noté fue la acústica: mis pasos resonaban con una claridad cristalina, como si la piedra amplificara cada sonido. Chasqueé los dedos y el eco me devolvió el chasquido multiplicado, limpio, musical. La densidad de la arenisca y la regularidad del tallado a mano han creado, quizá sin pretenderlo, una caja de resonancia perfecta.
La estancia interior conforma una habitación prácticamente rectangular de unos cuarenta metros cuadrados. Los muros presentaban hornacinas trilobuladas de una elegancia austera, con denticulados que revelaban un trabajo de talla exquisito. En una de ellas, labrada con delicadeza casi devocional, distinguí la silueta inconfundible de un cáliz con lo que parecía una forma consagrada emergente: un símbolo eucarístico que hizo que me detuviera en seco.
U.T.M.: 30 S 291264.47m E · 4053726.60m N
Lat. 36º 36′ 22.40» N · Long. 5º 20′ 01.70» O
Altitud aprox.: ladera sobre el valle del Guadiaro
| Localidad | Cortes de la Frontera, Serranía de Ronda (Málaga) |
| Geología | Arenisca del Aljibe (Oligoceno) |
| Técnica | Vaciado directo en roca · talla manual |
| Superficie | Aprox. 40 m² (20 m² útiles según algunas fuentes) |
| Orientación | Puertas al este · vano sur con visual a la Torre del Paso |
| Entorno | P.N. Sierra de Grazalema / P.N. Los Alcornocales |
15 de octubre — Tarde
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El pilar del Ichthys
Fue en la esquina de un pilar exterior donde hallé el detalle que más me conmovió: un pez tallado en posición vertical. El Ichthys. El acrónimo griego —ΙΧΘΥΣ: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador— que los fieles perseguidos utilizaban como señal secreta de reconocimiento. En las catacumbas de Roma había visto reproducciones de este símbolo, pero hallarlo aquí, en mitad de la Serranía de Ronda, tallado en la roca viva de Andalucía, me produjo un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura.
—Eso es un pez —confirmó Don Sebastián, con esa capacidad andaluza para reducir lo sublime a lo evidente.
—Es mucho más que un pez, mi querido amigo. Es una declaración de fe hecha piedra, un mensaje cifrado que ha sobrevivido más de mil años.
Don Sebastián pareció meditar esto durante un instante.
—Pues sí que es buen pez, entonces.
En el extremo derecho de la fachada descubrí lo que, sin exagerar, me pareció una de las obras de arte rupestre más extraordinarias que he contemplado jamás. Los lugareños la llaman simplemente «la pileta».
LÁMINA III
Imagínese el lector un relieve monumental compuesto por cinco columnas que sustentan arcos de medio punto, con capiteles que evocan vagamente el estilo corintio pero interpretados con una libertad creativa que ningún arquitecto de Londres se atrevería a permitirse. En el centro, un círculo enmarca hojas lisas dispuestas en forma de cruz. A los lados, óvalos con decoración vegetal.
La técnica del trepanado —perforaciones profundas que crean juegos de luz y sombra— aparece por doquier: filas densas de denticulados, triángulos, gotas, óvalos y semicírculos se suceden en un horror vacui que me recordó tanto a la ornamentación visigoda como a ciertos motivos del arte islámico. Coronando el conjunto, un arco conopial bajo el cual se adivinan restos de caracteres latinos pintados en rojo.
Saqué mi cuaderno de dibujo y comencé a bosquejar, mientras Don Sebastián se sentaba a la sombra de un alcornoque, sacaba un trozo de queso y una navaja, y procedía a almorzar con la tranquilidad de quien no tiene prisa ninguna por resolver los enigmas del pasado.
—¿No le fascina todo esto? —le pregunté, sin levantar la vista del dibujo.
—Hombre, fascinarme lo que se dice fascinarme… Mire, caballero, yo lo que le digo es que quien hizo esto sabía lo que hacía. Y tenía tiempo, eso seguro. Porque con las prisas no sale una cosa así.
[N.B. Filosofía pura, destilada en arenisca y queso curado.]
Cuando lo sagrado se hizo vino
Lo que descubrí a continuación me obligó a revisar todas mis hipótesis iniciales. En el extremo norte de la estancia interior, medio ocultos por siglos de uso y desuso, hallé dos pilones circulares de considerable profundidad, con canalizaciones adosadas que los conectaban entre sí y con un sistema de soleras labradas en la roca. No cabía duda: estos elementos correspondían a un lagar, un lugar de prensado de uva, de producción de vino.
Y junto a uno de los pilones, grabada con trazos firmes, una inscripción que leí en voz alta: «Diego del Río — 1860».
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía un eremitorio paleocristiano, decorado con peces secretos y cálices eucarísticos, albergar una bodega del siglo XIX?
Investigaciones posteriores me permitirían reconstruir la doble vida de este extraordinario monumento. Y así, lo que pudo ser un santuario de los primeros cristianos se transformó en un santuario de Baco.
Sentado a la entrada de la Casa de Piedra, con el sol de la tarde dorando la arenisca y Don Sebastián roncando plácidamente bajo su alcornoque, me permití reflexionar sobre la naturaleza singular de este lugar.
Desde el vano sur de la estructura podía divisar la silueta de la Torre del Paso: una atalaya musulmana del siglo XIII que controlaba el tránsito entre Gaucín y Ubrique. No me pareció casual que la Casa de Piedra mantuviera esa conexión visual con la torre. Si este edificio fue realmente una ermita mozárabe —un templo clandestino de cristianos que vivían bajo dominio islámico—, la vigilancia del camino habría sido cuestión de supervivencia.
Los mozárabes, esos cristianos que conservaron su fe mientras el mundo a su alrededor se expresaba en árabe, necesitaban lugares ocultos pero accesibles, discretos pero identificables para los iniciados. Un pez tallado en un pilar. Una cruz grabada sobre una puerta. Señales en un código que solo los fieles podían descifrar.
¿O acaso estoy siendo demasiado romántico? Existe, he de reconocerlo, la posibilidad de que la decoración religiosa sea posterior. Los especialistas se dividen ferozmente: el arqueólogo Fernando Villaseca Díaz defiende un origen paleocristiano (siglos VI-VII), mientras que Carlos Gozalbes Cravioto sostiene que se trata de una construcción moderna para uso vinícola, señalando 1856 como fecha clave. Aunque Gozalbes reconoce paralelismos formales con iglesias mozárabes como la del Hoyo de los Peñones en Alozaina o la de Valdecanales en Rus (Jaén).
Quizá la verdad, como suele ocurrir, habite en algún punto intermedio: un eremitorio antiguo reutilizado como bodega, un espacio sagrado al que el tiempo y la necesidad fueron sumando capas de significado, como los sedimentos de un buen vino que madura en la oscuridad.
Cuando desperté a Don Sebastián para emprender el regreso —el sol comenzaba a descender y yo no tenía ninguna intención de recorrer estos caminos de noche, habida cuenta de la fama que los bandoleros tienen en la Serranía—, mi anfitrión se desperezó, miró la Casa de Piedra con ojos de quien la ha visto mil veces y aún le encuentra algo nuevo, y pronunció lo que quizá fue la sentencia más sabia de toda mi expedición:
No he encontrado, en todos mis años de viaje, una mejor definición de lo que significa un monumento histórico.
Regresamos a Cortes al atardecer, con las piernas cansadas y el alma llena. Don Sebastián insistió en que cenáramos en su casa, donde su esposa, Doña Remedios, había preparado un guiso de venado que me reconcilió definitivamente con la gastronomía andaluza. Mientras cenábamos, Curro el Calderero apareció como por ensalmo —los andaluces tienen la capacidad de materializarse dondequiera que haya comida caliente— y entre los tres me proporcionaron una velada de historias, canciones y un aguardiente casero que, estoy convencido, podría utilizarse para limpiar los cañones del HMS Victory.
Desde Cortes de la Frontera: tome la carretera A-373 (dirección Ronda-Algeciras). Antes del km 58, hallará una pronunciada curva con señalización senderista. Continúe, rebase el km 58 y busque a la izquierda una segunda señal. Tome el carril de piedras —el Camino del Calderero— y a menos de 300 metros, a mano derecha, encontrará el monumento.
Ruta circular recomendada: Cortes → Casa de Piedra → Cañada del Real Tesoro → Torre del Paso → Mirador del Corcho. Distancia: 12–14 km. Duración: 4–7 horas. Dificultad media-baja. Hito de la Etapa 26 de la Gran Senda de Málaga (GR-249).
Nota: El monumento se halla en propiedad privada con acceso público autorizado. Cierre siempre las cancelas para evitar accidentes del ganado con los pilones interiores. Calzado adecuado imprescindible.
Han pasado varias semanas desde mi visita y todavía pienso en la Casa de Piedra. No solo por la belleza de su talla, ni por el misterio de su origen, ni por la emoción de haber tocado con mis dedos el mismo pez que quizá tocaron los primeros cristianos de estas montañas. Pienso en ella porque representa algo que nosotros, los británicos, con nuestros horarios, nuestras clasificaciones y nuestra manía por ponerle etiqueta a todo, a menudo olvidamos: que las cosas más valiosas del mundo resisten cualquier intento de definición.
Iglesia, lagar, vivienda, cuadra. Todo y nada. Un bloque de arenisca que alguien, hace siglos, decidió vaciar con sus manos, y que desde entonces no ha dejado de llenarse de significados.
La Casa de Piedra es, en última instancia, un acto de fe. Fe en la piedra, fe en el trabajo, fe en que alguien, algún día, recorrería el Camino del Calderero y se detendría ante ella con asombro.
Ese alguien, por un capricho del destino y la insistencia de un arriero sin dientes, fui yo.
¿Te gustaría recorrer el Camino del Calderero y descubrir la Casa de Piedra con tus propios ojos?
En Huellas del Sur diseñamos rutas de senderismo interpretativo por la Serranía de Ronda, donde cada piedra cuenta una historia.